Durante mucho tiempo pensé que viajar era eso que nos habían contado: un destino, un circuito, un grupo cualquiera… y una cámara echando humo.
Estudié Turismo y trabajé en agencias tradicionales.
Yo también ofrecía esos viajes. Y yo también los hacía.
Porque es lo que había. Y porque, al principio, parecía suficiente.
Pero con los años empecé a notar algo raro:
podía estar en un lugar precioso… y sentirme igual por dentro.
Como si todos los viajes tuvieran el mismo molde.
Foto aquí. Foto allí.
Un horario que manda.
Y un grupo que te toca por suerte.
A veces coincidías con gente estupenda.
Otras veces te adaptabas como podías.
Y otras… contabas los días para volver.
Y lo peor no era el cansancio.
Era esa sensación de: “¿Esto era todo?”
Me fui desencantando.
No de viajar, sino de cómo estaba viajando.
Hasta que llegó un momento en el que hice algo que nunca pensé que haría:
dejé de viajar.
No por falta de ganas…
sino porque ya no quería seguir haciendo “lo mismo” con distinto decorado.
Busqué estabilidad. Cambié de rumbo.
Me hice funcionaria. Vida ordenada. Rutina.
Y sin darme cuenta, la vida se hizo pequeña.
Trabajo. Obligaciones.
Y ese bucle silencioso que no hace ruido… pero pesa.
En plena pandemia, con la vida ya removida, el mundo se paró.
Y yo también.
Me acababa de separar. Estaba en casa.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me miré de verdad.
No fue una frase bonita. Fue un golpe de lucidez:
“Si esto se acaba… ¿yo qué estoy haciendo con mi vida?”
Ahí nació mi llamada al cambio.
No como drama. Como claridad.
Porque cuando te das cuenta de que el tiempo es valioso,
ya no puedes hacer como si no lo supieras.
África ya había pasado por mi vida cuando era joven.
De forma rápida. De pasada.
Pero me dejó una huella.
Durante mucho tiempo ese amor fue un recuerdo guardado en un cajón, hasta que llegó el silencio de la pandemia.
En aquellos meses donde el mundo se detuvo, Núria y yo pasamos horas hablando. Ella me escuchaba hablar de ese continente con ese brillo en los ojos que solo aparece cuando hablas de lo que amas.
Entre esas cuatro paredes, compartiendo sueños de libertad, Núria me pidió un deseo: «Meri, si esto termina y volvemos a salir, llévame a África. Quiero conocer de verdad eso que tú sientes».
Y cunado el mundo volvió a abrirse me fui con mi hermana.
Dos mujeres. Una decisión grande. Un viaje a nuestra manera.
Al principio hubo vértigo.
País nuevo. Ritmos distintos. Mucha intensidad.
Pero luego… África hizo lo que sabe hacer.
Conocimos a un guía.
Y ese guía nos llevó a su casa. A su familia. A su mundo.
Y ahí cambió todo.
No era “ver África”.
Era estar dentro.
Sentarte, comer, escuchar, reír.
Notar la hospitalidad sin pose, sin espectáculo.
Nos cuidaron. Nos acogieron.
Y nosotras volvimos distintas.
Recuerdo un atardecer, de esos donde el cielo se vuelve fuego y el mundo parece detenerse. Estábamos allí, empapadas de la paz del momento, cuando Núria me miró y me dijo algo que lo cambió todo:
«Meri, todo el mundo debería tener la oportunidad de descubrir África como me la has descubierto tú.»
De ese viaje salió una certeza tranquila:
yo no quería “organizar viajes”.
yo quería sostener decisiones.
Porque entendí algo muy humano:
Hay mochilas que pesan por lo que llevan…
y otras pesan por lo que significan.
Y África, a veces, pesa antes de empezar.
No por el destino.
Sino por todo lo que te imaginas que vas a tener que sostener tú sola.
Ahí nació Alas en la Mochila.
No para prometerte que vuelas.
Sino para ponerte alas donde más se notan:
en la calma,
en la compañía,
en el cuidado,
en esa sensación de “estoy en buenas manos” sin perder tu libertad.
No es quitarte el peso del viaje.
Es quitarte el peso de cargarlo sola.
Después de ese viaje, ya no pude volver a lo de antes.
Empecé a mover piezas.
A soltar lo que me apagaba.
A elegir distinto.
Volví a la montaña. Volví a lo salvaje. Volví a mí.
Y empecé a diseñar esta forma de viajar que hoy es mi vida:
una manera de vivir África con presencia, con ritmo humano y con un cuidado real.
Durante tres años he caminado liderando este proyecto en solitario, sosteniendo vuestras decisiones y cuidando cada ruta en Senegal, Gambia o Etiopía. Pero las alas han seguido creciendo.
Este 2025, la vida nos volvió a dar un mensaje de esos que no puedes ignorar. Núria, la misma que me impulsó a crear esto, tuvo que ser operada de corazón. En ese momento, la filosofía de nuestros viajes se convirtió en nuestra realidad más absoluta: la vida es ahora y no se puede posponer.
Núria decidió que ya no quería que su experiencia gestionando grupos se quedara en oficinas frías. Quería estar donde late la verdad, allí donde las conversaciones duran lo que dura un té. Por eso, este año se une oficialmente a Alas en la Mochila.
Que ahora seamos dos es nuestra mayor garantía de cuidado. Ella aporta su maestría en la logística y yo sigo diseñando rutas que huyen de las multitudes. Vayas con quien vayas, vas con nuestra mirada compartida.
No somos una agencia de viajes al uso. Somos dos profesionales del turismo que un día decidieron dejar de contar turistas para empezar a contar historias.
Sostenemos tu viaje: No te quitamos el peso de la mochila, te quitamos el peso de cargarla sola.
Grupos que son familia: Viajamos en grupos tan reducidos que nos permiten entrar en las aldeas con respeto, como invitadas y no como turistas.
Especialistas en lo humano: Conocemos Senegal, Gambia y Etiopía por los nombres de las personas que nos esperan allí cada año.
El lujo de la calma: Aquí el ritmo lo marca el corazón y la curiosidad, nunca el reloj.
Quizá tú también estés en un punto parecido.
No hace falta que sepas ponerle nombre.
Solo hace falta esa sensación íntima de:
“ya no quiero hacerlo de cualquier manera.”
Si un día decides venir, nos encantará caminar contigo.
Ligeras. Tranquilas. Bien acompañadas.
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